diumenge, 14 de desembre del 2025

LOS PALACIOS DE LA DEMOCRACIA

Uno de los grandes historiadores contemporáneos, Eric Hobsbawm, teorizó que el siglo XX comenzó en 1917 i finalizó en 1989; el siglo corto. Efectivamente, en 1917 se produjo el asalto al Palacio de Invierno y el Partido Bolchevique inauguró una época; se convirtió en el referente de los movimientos que propugnaban la igualdad. Sin embargo, con el tiempo, la palabra «bolchevique» ha pasado a considerarse por las fuerzas retardatarias o liberales como un insulto o como partidos peligrosos para la democracia parlamentaria. Con el correr del tiempo parece que la época zarista, geopolíticamente hablando, ha vuelto después del golpe de estado de Boris Yeltsin contra Gorbachov, el gran pacifista frustrado.

  • Poco más de medio siglo después se produjo otro asalto, de signo contrario, a otro palacio, el Palacio de la Moneda, de Santiago de Chile, contra el presidente Salvador Allende y su gobierno el  11 de septiembre de 1973. No eran los comunistas los asaltantes, sino unos nuevos bolcheviques radicales y fanáticos del libre mercado apoyados por una panda de economistas reaccionarios, los «Chicago Boyx» de Milton Friedman y amigos del dictador Pinochet. El cabeza visible de los comunistas europeos occidentales, Enrico Berlinguer, siempre tenía en mente la experiencia chilena; el eurocomunismo  fue una especie de vía para preservar y ampliar el estado del bienestar con más democracia; Berlinguer lo sintetizaba con la expresión de «reformismo fuerte», recuperando algunos conceptos de Antonio Gramsci tan manoseados que nadie sabe muy bien qué significó eso de la «hegemonía», aunque suene muy bien.
  • Aprovechando esta disquisición históricamente simplista quiero referirme al artículo más interesante que se ha publicado últimamente, el de un ex responsable de CCOO-Fiteca (industrias metalúrgicas, químicas y textiles, así como de los sectores de la energía y la minería), Quim González Muntades. En su blog hacía referencia a un comentario de un dirigente político francés de alto nivel de hace diez años. Brevemente, venía a decir que no hacía falta estrujarse mucho los sesos para saber cuáles serían los tres ejes que decidirían el futuro de Europa, al margen del obvio cambio tecnológico: la emergencia climática, la demografía y las migraciones. Este político pronunció una frase estremecedora: «Quien se atreva a aplicarlas será expulsado por los votantes»
  • Empecé a pensar esto en ver un reportaje del último espectáculo-entrevista del alcalde más campechano del mundo, el de las gafas rojas que juega a ser el Wally de todas las fotos de Mataró y eventos diversos como este de «Cari, estoy con Bote»; detrás de esa apariencia nos topamos con una intransigencia granítica y un posicionamiento e ideología bastante a estribor incluso dentro del propio PSC, que tampoco es para tirar cohetes. Efectivamente, estamos tan entretenidos en las espumas de las multi reincidencias, en las guerras culturales, en los personalismos, que evitamos lo esencial: la demografía. La savia demógrafa Anna Cabré nos daría un tirón de orejas. Tenemos datos más que suficientes, ¡ay! pero las implicaciones son muy incómodas porque nos provocan vértigo. En la reunión de «antiguos alumnos» del PSUC que celebramos el 3 de diciembre en la Fundació Iluro para conmemorar el 90 aniversario, se citaron algunas de estas implicaciones: ¿cómo se mantendrá nuestro nivel de vida de aquí a veinte años cuando un tercio de los habitantes de Mataró, muchos de ellos jóvenes, no puede ejercer su derecho a la ciudadanía, a votar? En el 2050 un tercio de la población europea y española tendrá más de 65 años y la natalidad se ha desplomado, mientras que la población migrante cada vez es más rechazada y utilizada como munición por parte del populismo, aunque se ha convertido en el único factor que sostiene la fuerza laboral.
    Estamos excitados en un debate secuestrado por aquellos que prometen muros, ya sea en Vic, en Ripoll o Mataró. El miedo ha sido siempre una carta ganadora, antes y ahora también. No es cuestión de plantear si tiene que haber o no integración; la cuestión es que hay que hacerla bien. ¿Qué sociedad queremos tener? ¿Qué tipo de economía queremos alimentar? ¿Qué lugar queremos ofrecer a los que llegan y a los nacerán aquí? No es un problema de números, sino de proyecto. Es el espejo que Europa quiere evitar. No es una anomalía sino que es un fenómeno estructural. La única elección real es entre, o bien gestionarla, o sufrirla. Los populistas no reaccionan al miedo: lo provocan, alimentan y amplifican como una herramienta tóxica electoral. Hemos convertido un fenómeno inevitable en un campo de batalla simbólico. Europa será un continente de mezcla. Siempre ha sido así y lo continuará siendo, aún más si cabe. En definitiva, el debate real no es si queremos más inmigración, si se tienen que empadronar o no, sino si queremos hacerlo bien o mal. O construimos una sociedad que incorpore y dignifique, o aceptamos un modelo clandestino que alimenta la explotación y la segregación. Hace falta liderazgo, pedagogía y un relato que trate a la ciudadanía como adulta. Actualmente el peligro más grave y tóxico son los «bolcheviques del mercado desregulado», del mercado salvaje liderado por los oligarcas y de sus sucursales, tanto en el epicentro ayusístico o en la periferia de Foment de Treball, la gran patronal catalana.

  •     Hay que interpretar ahora el  reformismo «forte» del que hablaba Berlinguer como la necesidad de preservar los Palacios del Pueblo; sí, ir a la Biblioteca Antoni Comas, por ejemplo, es visitar un palacio; entrar en el Centro de Atención Primaria, o en el C.U.A.P. o en el Hospital es ir a nuestros palacios. Son los fanáticos de la desregulación «público-privada» a los que no les interesa que existan los edificios nobles de la ciudadanía y quieren asaltarlos. En definitiva, hay que fortificar esos palacios nuestros, fruto de mucha gente anónima or-ga-ni-za-da.
  • Gestionar la inmigración requiere proveer de buenos servicios públicos, frutos de una

    fiscalidad justa, porque, además de palacios, son fábricas de dignidad cívica. Solo de esa manera y con esta orientación podremos aceptar las diferencias, porque hablaremos de aquello concreto y común, diverso y a veces contradictorio, sí, pero que nos da fuerza y entidad como comunidad humana.

  • Mataró, 6 de diciembre de 2025, día de la Constitución.






dijous, 11 de desembre del 2025

ELS PALAUS DE LA DEMOCRÀCIA

      Un dels grans historiadors del segle XX, Eric Hobsbawm, va teoritzar que el segle XX va començar el 1917 i va acabar el 1989; el segle curt. Efectivament, l’any 1917 es va produir l’assalt al Palau d’hivern i el partit bolxevic va inaugurar una època; es va convertir en el referent dels moviments que propugnaven la igualtat. Tanmateix, amb el temps, el mot «bolxevic» ha passat a considerar-se per les forces retardatàries o liberals com un insult o com partits perillosos per la democràcia parlamentària. Temps era temps, i sembla que l’època zarista, geopolíticament parlant, ha tornat després del cop d’estat de Ieltsin contra Gorbatxov, el gran pacifista frustrat.

     Mig segle després es va produir un altre assalt, de signe contrari, a un palau, el Palacio de la Moneda, de Santiago de Xile, contra el president Salvador Allende, l’11 de setembre de 1973. No eren els comunistes els assaltants, sinó uns nous bolxevics radicals i fanàtics del lliure mercat recolzats per una colla d’economistes reaccionaris, els «Chicago Boys» de Milton Friedman i amics del dictador Pinochet. El cap visible dels comunistes europeus occidentals, Enrico Berlinguer, sempre tenia al cap l’experiència xilena; l’eurocomunisme va ser una mena de via per preservar i ampliar l’estat del benestar amb més democràcia; Berlinguer ho sintetitzava amb l’expressió  «reformisme fort» recuperant alguns conceptes d’Antonio Gramsci, tan grapejats que ningú sap ben bé què significa això de l’«hegemonia», encara que soni molt bé.
    A tomb d’aquesta disquisició històricament simplista vull referir-me a l’article més interessant que s’ha publicat darrerament, el d’un ex-responsable de CCOO-Fiteqa (indústries metal·lúrgiques, químiques i tèxtils, així com dels sectors de l'energia i la mineria), Quim González Muntades. Feia referència a un comentari d’un dirigent polític francès d’alt nivell de fa deu anys. Breument, va venir a dir que no calia trencar-se massa el cap per saber quins serien els tres eixos que decidirien el futur d’Europa a banda del canvi tecnològic: l’emergència climàtica, la demografia i les migracions. Aquest polític va pronunciar una frase colpidora: «Qui s’atreveixi a aplicar-les serà expulsat pels votants».

     Vaig començar a pensar això en veure el darrer espectacle-entrevista de l’alcalde més campetxano del món, el de les ulleres vermelles que juga a ser el Wally de totes les fotos de Mataró i esdeveniments diversos com aquest de “Cari”; darrera aquesta aparença podem trobar una intransigència granítica i un posicionament i ideologia força a estribord fins i tot dins del propi PSC, que tampoc és per tirar coets. Efectivament, estem tan entretinguts en les escumes de les reincidències, en les guerres culturals, en els personalismes, que evitem allò essencial: la demografia. La sàvia Anna Cabré ens estiraria de les orelles. Tenim dades més que suficients, ai! però les implicacions són molt incòmodes perquè ens provoquen vertigen. En la reunió d’«antics alumnes» del PSUC que vam celebrar el 3 de desembre a la Fundació Iluro per commemorar el 90è aniversari, es van nomenar algunes: com es mantindrà el nostre nivell de vida dins de vint anys quan un terç dels habitants de Mataró, molts d’ells joves, no poden exercir el seu dret a la ciutadania? El 2050 un terç de la població europea i espanyola tindrà més de 65 anys i la natalitat s’ha desplomat, mentre que la població migrant cada vegada és més rebutjada i utilitzada com a munició per al populisme, tot i convertir-se en l’únic factor que sosté la força laboral. Estem engrescats en un debat segrestat per aquells que prometen murs, ja sigui a Vic, a Ripoll o a Mataró. La por ha estat sempre una carta guanyadora, abans i ara també. No és qüestió si ha d’haver o no integració, sinó que cal fer-la bé. Quina societat volem sostenir? Quin tipus d’economia volem alimentar? Quin lloc volem oferir als qui arriben i als que naixeran aquí? No és problema de números, sinó de projecte. És el mirall que Europa vol evitar. No és pas una anomalia, sinó que és un fenomen estructural. L’única elecció real és entre gestionar-la o patir-la. Els populistes no reaccionen a la por: la produeixen, l’alimenten i amplifiquen com a eina tòxica electoral. Hem convertit un fenomen inevitable en un camp de batalla simbòlic. Europa serà un continent de barreja, Sempre ha estat així i ho serà encara més.En definitiva, el debat real no és si volem més immigració, si s’han d’empadronar o no, sinó si volem fer-ho bé o malament. O construïm una societat que incorpori i dignifiqui, o acceptem un model clandestí que alimenta l’explotació i la segregació. Manca lideratge, pedagogia i un relat que tracti a la ciutadania com adulta. Avui el perill més greu i tòxic són els «bolxevics de mercat desregulat», del mercat salvatge liderat pels oligarques i de les seves sucursals, tant a l’epicentre ayusístic o la perifèria de Foment de Treball.

El «reformisme forte» del que parlava Berlinguer cal interpretar-lo ara com la necessitat de preservar els palaus del poble; sí, anar a la Biblioteca Antoni Comas, per exemple, és visitar un palau, entrar al Centre d’Atenció Primària, o al C.U.A. P. o a l’Hospital és anar als nostres palaus. Són els fanàtics de la desregulació «público-privada» als que no els interessa que existeixin els edificis nobles de la ciutadania i volen assaltar-los. En definitiva, cal fortificar aquests palaus nostres, fruits de molta gent anònima or-ga-nit-za-da. Gestionar la immigració requereix proveir de bons serveis públics, fruits d’una fiscalitat justa, perquè, a més de palaus, són fàbriques de dignitat cívica. Només d’aquesta manera i amb aquesta orientació podrem acceptar les diferències, perquè parlarem d’allò concret i comú, divers i a voltes contradictori, sí, però que ens dona força i entitat com a comunitat humana.

Mataró, 6 de desembre 2025, dia de la Constitució.