Uno de los grandes historiadores contemporáneos, Eric Hobsbawm, teorizó que el siglo XX comenzó en 1917 i finalizó en 1989; el siglo corto. Efectivamente, en 1917 se produjo el asalto al Palacio de Invierno y el Partido Bolchevique inauguró una época; se convirtió en el referente de los movimientos que propugnaban la igualdad. Sin embargo, con el tiempo, la palabra «bolchevique» ha pasado a considerarse por las fuerzas retardatarias o liberales como un insulto o como partidos peligrosos para la democracia parlamentaria. Con el correr del tiempo parece que la época zarista, geopolíticamente hablando, ha vuelto después del golpe de estado de Boris Yeltsin contra Gorbachov, el gran pacifista frustrado.
- Poco más de medio siglo después se produjo otro asalto, de signo contrario, a otro palacio, el Palacio de la Moneda, de Santiago de Chile, contra el presidente Salvador Allende y su gobierno el 11 de septiembre de 1973. No eran los comunistas los asaltantes, sino unos nuevos bolcheviques radicales y fanáticos del libre mercado apoyados por una panda de economistas reaccionarios, los «Chicago Boyx» de Milton Friedman y amigos del dictador Pinochet. El cabeza visible de los comunistas europeos occidentales, Enrico Berlinguer, siempre tenía en mente la experiencia chilena; el eurocomunismo fue una especie de vía para preservar y ampliar el estado del bienestar con más democracia; Berlinguer lo sintetizaba con la expresión de «reformismo fuerte», recuperando algunos conceptos de Antonio Gramsci tan manoseados que nadie sabe muy bien qué significó eso de la «hegemonía», aunque suene muy bien.
- Aprovechando esta disquisición históricamente simplista quiero referirme al artículo más interesante que se ha publicado últimamente, el de un ex responsable de CCOO-Fiteca (industrias metalúrgicas, químicas y textiles, así como de los sectores de la energía y la minería), Quim González Muntades. En su blog hacía referencia a un comentario de un dirigente político francés de alto nivel de hace diez años. Brevemente, venía a decir que no hacía falta estrujarse mucho los sesos para saber cuáles serían los tres ejes que decidirían el futuro de Europa, al margen del obvio cambio tecnológico: la emergencia climática, la demografía y las migraciones. Este político pronunció una frase estremecedora: «Quien se atreva a aplicarlas será expulsado por los votantes»
- Empecé a pensar esto en ver un reportaje del último espectáculo-entrevista del alcalde más campechano del mundo, el de las gafas rojas que juega a ser el Wally de todas las fotos de Mataró y eventos diversos como este de «Cari, estoy con Bote»; detrás de esa apariencia nos topamos con una intransigencia granítica y un posicionamiento e ideología bastante a estribor incluso dentro del propio PSC, que tampoco es para tirar cohetes. Efectivamente, estamos tan entretenidos en las espumas de las multi reincidencias, en las guerras culturales, en los personalismos, que evitamos lo esencial: la demografía. La savia demógrafa Anna Cabré nos daría un tirón de orejas. Tenemos datos más que suficientes, ¡ay! pero las implicaciones son muy incómodas porque nos provocan vértigo. En la reunión de «antiguos alumnos» del PSUC que celebramos el 3 de diciembre en la Fundació Iluro para conmemorar el 90 aniversario, se citaron algunas de estas implicaciones: ¿cómo se mantendrá nuestro nivel de vida de aquí a veinte años cuando un tercio de los habitantes de Mataró, muchos de ellos jóvenes, no puede ejercer su derecho a la ciudadanía, a votar? En el 2050 un tercio de la población europea y española tendrá más de 65 años y la natalidad se ha desplomado, mientras que la población migrante cada vez es más rechazada y utilizada como munición por parte del populismo, aunque se ha convertido en el único factor que sostiene la fuerza laboral. Estamos excitados en un debate secuestrado por aquellos que prometen muros, ya sea en Vic, en Ripoll o Mataró. El miedo ha sido siempre una carta ganadora, antes y ahora también. No es cuestión de plantear si tiene que haber o no integración; la cuestión es que hay que hacerla bien. ¿Qué sociedad queremos tener? ¿Qué tipo de economía queremos alimentar? ¿Qué lugar queremos ofrecer a los que llegan y a los nacerán aquí? No es un problema de números, sino de proyecto. Es el espejo que Europa quiere evitar. No es una anomalía sino que es un fenómeno estructural. La única elección real es entre, o bien gestionarla, o sufrirla. Los populistas no reaccionan al miedo: lo provocan, alimentan y amplifican como una herramienta tóxica electoral. Hemos convertido un fenómeno inevitable en un campo de batalla simbólico. Europa será un continente de mezcla. Siempre ha sido así y lo continuará siendo, aún más si cabe. En definitiva, el debate real no es si queremos más inmigración, si se tienen que empadronar o no, sino si queremos hacerlo bien o mal. O construimos una sociedad que incorpore y dignifique, o aceptamos un modelo clandestino que alimenta la explotación y la segregación. Hace falta liderazgo, pedagogía y un relato que trate a la ciudadanía como adulta. Actualmente el peligro más grave y tóxico son los «bolcheviques del mercado desregulado», del mercado salvaje liderado por los oligarcas y de sus sucursales, tanto en el epicentro ayusístico o en la periferia de Foment de Treball, la gran patronal catalana.
Hay que interpretar ahora el reformismo «forte» del que hablaba Berlinguer como la necesidad de preservar los Palacios del Pueblo; sí, ir a la Biblioteca Antoni Comas, por ejemplo, es visitar un palacio; entrar en el Centro de Atención Primaria, o en el C.U.A.P. o en el Hospital es ir a nuestros palacios. Son los fanáticos de la desregulación «público-privada» a los que no les interesa que existan los edificios nobles de la ciudadanía y quieren asaltarlos. En definitiva, hay que fortificar esos palacios nuestros, fruto de mucha gente anónima or-ga-ni-za-da.- Gestionar la inmigración requiere proveer de buenos
servicios públicos, frutos de una
fiscalidad justa, porque, además de palacios, son fábricas de dignidad cívica. Solo de esa manera y con esta orientación podremos aceptar las diferencias, porque hablaremos de aquello concreto y común, diverso y a veces contradictorio, sí, pero que nos da fuerza y entidad como comunidad humana.
- Mataró, 6 de diciembre de 2025, día de la Constitución.



























